Cuestión de especie

Visito a mi madre y me quedo a dormir en su casa un par de días…

Miro mi cuarto y el abandono físico es notorio; pero el sopor de otro abandono me persigue, el del espíritu. El cuarto en el que me asilaba se ha convertido en el cuarto de un extraño. Ropa ajena, libros que me repelen y un álbum de fotos cuya apertura me suspendería en el tiempo. El aserrín, el polvo, la maraña… la misma telaraña de cada visita. Me siento sobre la cama y la siento rígida ¿Sobre este suelo he dormido? Abro las cortinas, miro a través de la ventana y antes de que llegue la noche ¡cómo extraño mi propia habitación! La penúltima habitación en la que vivo. La añoro. Añoro su lejanía, sus colores tierra, su aire denso y su atmósfera pesada; pero, sobre todo, sus espacios laxos: cada centímetro de un mundo desconocido y por conocer en tan reducido espacio. Una vez me dijeron que las personas son como los animales, que existen diferentes especies de personas. Pensé en un animal cuya naturaleza requiera de la evasión e imaginé un oso. Enorme, pardo, hosco. “El oso no anda en manada”, me dijeron… Lo que ignoro hasta la fecha es si es que hay osos en la estepa.

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